"Me niego a vivir como una mujer ordinaria, a establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré a él. Me adapto a mí misma". Anais Nin
viernes, febrero 08, 2013
¿A donde se van los 28 años?
lunes, junio 18, 2012
Para Abigail en su primer aniversario luctuoso...
Algo llenó
Mi corazón con nada
Alguien me dijo que no llorara
Pero ahora que soy mayor
Mi corazón es más frío
Y puedo ver que es mentira
Niños despierten
Aguanten nuestro error
Antes que se convierta el verano en polvo
Si los niños no crecen
Nuestros cuerpos se hacen más grandes
Pero nuestros corazones se desgarran
Somos sólo un millón de pequeños dioses
Provocando tormentas de lluvia
Oxidando todas las cosas buenas
Supongo que tendremos que adaptarnos
Con mis relámpagos, un resplandor
Puedo ver donde voy a estar
Cuando el cosechador (la muerte) alcance y toque mi mano
Con mis relámpagos un resplandor
Puedo ver donde voy
Con mis relámpagos un resplandor
Puedo ver donde estoy
Mejor mira debajo...
¡Querida abuelita, cuánta falta me haces!
lunes, julio 18, 2011
Un mes después
Nuestra última fotografía en mayo de 2011.“Mi nena hermosa, mi madre murió hoy a las 5:30 a.m…”. Palabras como éstas que llegan mediante un SMS te cambian la vida, te rompen en pequeños pedazos que van quedando esparcidos en el tiempo y la geografía. Sábado de junio de 2011, acababa de llegar a la ciudad de Monterrey desde el Distrito Federal. Esa mañana abrí la cortina de la ventanilla del autobús en que viajaba, volví a ver las sierras áridas, el imponente Cerro de la Silla y las cactáceas cuando mi madre me avisó del fallecimiento de mi abuela en Torreón. El verano apenas llegaba y ya nos la había arrebatado.
En un lustro de ausencia por Nuevo León las cosas pueden cambiar mucho. Entonces nadie hablaba de balaceras, secuestros, Zetas y otras atrocidades. Esa misma semana habían asesinado a dos escoltas del gobernador Rodrigo Medina y a su vez circulaba una sobrecogedora noticia que advertía que en Monterrey se cometía un asesinato por hora. Unos días antes varios cuerpos quedaron diseminados por diferentes puntos de la ciudad. ¿Por qué había llegado ahí, a pesar de esas negras circunstancias? La boda de un amigo de la infancia me hizo querer sentirme temeraria. Mi destino final era el pueblo de Santiago, donde en agosto de 2010 fue ultimado el alcalde Edelmiro Cavazos Leal. “Como nosotros ya estamos acostumbrados pues ya no nos asustamos”, decía con seguridad mi amigo, que me contaba del caos urbano y de cómo los narcobloqueos le impedían el paso para salir a trabajar.
Mi abuela no había fallecido a consecuencia del narcotráfico, aunque perder a un ser querido provoca un sentimiento de orfandad en medio de tiempos bélicos; a ella la había vencido el cáncer de mama, al igual que a su hija mayor Bertha Alicia en 2009 y la cantante de Santa Sabina, Rita Guerrero.
A cuatro horas de distancia se encontraba mi familia organizando el sepelio en un Torreón no menos violento que su hermana norteña. Ambas ciudades ocupan los encabezados por sus noticias sangrientas. Algunos regios ironizan: “Estamos de moda”. El refulgente sol y el intenso calor húmedo me sofocaban y hacían que mi mente fuera un mar de ideas contradictorias. Recordaba el pasado y pensaba en el presente y el futuro simultáneamente. Mi abuela se había ido y yo no encontraba la forma de regresar a Torreón inmediatamente sin encontrarme a unos matones en el camino.
Mi abuela Abigail había nacido en Zacatecas en 1931, el mismo día que yo, con 53 años de diferencia. Emigró a Torreón con su madre y sus tres hermanos tras la muerte de su padre dentro de una mina. Dudo de que mi bisabuela haya recibido una indemnización o apoyo gubernamental como los deudos de Pasta de Conchos. Sus lazos familiares en Zacatecas se perdieron para siempre.
En la década de los treinta Torreón aún era joven y próspero, el cultivo del algodón se encontraba en su mayor auge, razón por la cual una diáspora de zacatecanos, duranguenses, potosinos y hasta extranjeros fueron a echar raíces en la ciudad del “oro blanco”.
Abigail estudió hasta la secundaria, se enseñó a nadar en el Canal del Coyote, uno de los brazos del río Nazas que se transformó en el Bulevar Constitución con el paso de los años; trabajó cosiendo guantes de béisbol y, como muchas adolescentes de la época, buscó en un temprano matrimonio el fin y no el medio. A los diecisiete años procreó a su primera hija y después vendrían siete más. Cuando murió su madre ella tomaría las riendas de la familia con un carácter rígido, religioso y autoritario. De igual modo sus hijas asumieron un papel demasiado independiente dado el tiempo y la ciudad en que vivían. A mí me educó de una manera severa en mi infancia, y hubo ocasiones en que llegué a temerle. Nunca la vi llorar excepto en el funeral de otra de mis tías, en 1995. Con el tiempo Abigail se volvió más dócil.
En Santiago, mientras se celebraba la boda de mi amigo, tuve que salir en medio de la noche. El propietario de la hacienda donde se realizó la fiesta se ofreció a llevarme hasta la central de autobuses de San Jerónimo, en San Pedro Garza García, para ir a despedirme de Abigail. En el trayecto el Cerro de la Silla lucía oscuro y siniestro; recorrimos a toda velocidad el Bulevar Edelmiro Cavazos, llamado así en honor a su difunto alcalde de 38 años; el joven me contaba cómo se había vuelto un personaje estimado por la población y su descontrol posterior. “A mí no me da miedo venir a Santiago, sí pasan cosas pero... te acostumbras”. El tema del narco en la región era insoslayable. Tomé el último transporte a Torreón.
Tras unas horas de recorrido volví a abrir la cortinilla del autobús, no sabía si me encontraba aún en Nuevo León, Durango o Coahuila, sólo vi luces intermitentes, patrullas por doquier, caos, escuché murmullos de los demás pasajeros. No quise averiguar más. Algo malo acababa de ocurrir.
Dormí unas pocas horas para ir después a la misa de cuerpo presente. Mi abuela me hacía madrugar para todo, cosa que detestaba, y ahora hasta para su funeral. La catedral estaba llena. En medio del pasillo un ataúd blanco y una mujer de ochenta años en su interior, zacatecana de origen y torreonense por adopción. Los presentes rezaron y cantaron. Rompí en llanto.
Al final me acerqué a su féretro, deposité un beso y los empleados de la funeraria se apresuraron a llevárselo para la incineración. Cuando la vi alejarse una parte de mí se rasgó como un pedazo de papel. Sentí su despedida silenciosa y definitiva.
Esa misma tarde volví al Distrito Federal en un vuelo barato y casi improvisado. Aún sentía el sol resplandeciente y el calor impregnándose en mi piel. Atrás dejaba las balaceras y los estragos del narcotráfico norteño para regresar a la todavía segura capital. Oí en mi cabeza la pregunta tierna que mi abuela me hacía siempre al partir: “¿Ya se va, mi niña?” Sentí cómo brotaban mis lágrimas. Mi mirada se clavó en la ventanilla del avión con el cielo claro y las nubes tupidas. En mi imaginación infantil Abigail se encontraba vagando por ahí, en una forma etérea.
domingo, julio 03, 2011
La Jetée
Discurso de Jaime López para presentar el libro "Crónica Biciteka" de Georgina Hidalgo. (Producciones El Salario del Miedo, 2021.) Lugar: Fonda El Convite. Fecha: 20 de octubre de 2021.
ACERCA DE LA CRÓNICA BICITEKA DE GEORGINA HIDALGO VIVAS ...
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