domingo, mayo 15, 2011

Y ahí estaba de nueva cuenta Bono

Publicado hoy en "El ángel exterminador"de Milenio Diario.


Y sus 360 grados rotaron. A cinco años de su última visita, U2 ya no encuentra un México pacífico, sus enemigos ya no son unos juniors zedillistas pendencieros, sino una guerra con todos sus elementos.

A sus 51 años Bono ya no luce con los bríos con los que grabó discos emblemáticos como War, The Joshua Tree o Achtung baby; aún tiene ganas de rockear, de seguir la fiesta, de tratar de salvar al mundo, de exhortar a las masas, pero… pareciera como si U2 necesitara resguardar su deficiente álbum No line on the horizon bajo un apabullante espectáculo multimedia y un enorme armatoste en forma de garra donde recibe la segunda década del siglo XXI.

Y sus 360 grados rotaron. A cinco años de su última visita, U2 ya no encuentra un México pacífico, sus enemigos ya no son unos juniors zedillistas pendencieros, sino una guerra con todos sus elementos. En este país encontraría tierra fértil para seguir sembrando su lucha a favor de las causas sociales, como el caso de la noche del miércoles, cuando dedicaron “Moment of surrender” a los allegados a las víctimas del crimen organizado, pero descartaron de su discurso la renuncia de Genaro García Luna, el grito de “No más sangre” (o “No more”) o el proselitismo a favor del SME. No fuera a ser que se las fueran a aplicar como a Joaquín Sabina.

Algunas figuras públicas no pudieron disimular su fanatismo al estar cerca de los hijos predilectos de Dublín, como Felipe Calderón, quien en su cuenta de Twitter describió al cantante como “un gran personaje” durante su encuentro con él en Los Pinos. Las críticas de los twitteros no se hicieron esperar: “¿hablaron de alcoholismo?”, “¡no se ponga a pedir autógrafos!”, “¡que no sea sólo para tomarse la foto!”, “me alegra que su vida sea tan glamorosa. ¡Sea serio!”.

Y la prensa tampoco se quedó atrás: Carlos Loret de Mola en su programa de radio preguntó toda clase de nimiedades al dueño de un famoso restaurante de Polanco donde Bono celebró su cumpleaños el 10 de mayo: con quién había acudido, qué mesa había apartado, qué eligió del menú; o Adela Micha y su entrevista previa en Brasil donde quedaron de visitarla en su casa “para tomar barricadas de tequila”.

A decir de muchos asistentes, U2 está deteriorado y en declive, pero tratando de recapitular los buenos años en que enarbolaban una bandera de forma contestataria. “Yo sólo vine a ver el escenario… ¡Ah! y a Snow Patrol. Decían algunos con cierto aire de desdén.

En cambio, otros más apasionados habían salido de varios rincones del país para la gran noche sin importar las consecuencias, como el caso de Armando, quien llegó desde Atizapán, Estado de México, mientras que a las amigas que lo acompañaban no les importó viajar 12 horas desde Puerto Vallarta con tal de estar cerca de los irlandeses. Se habían conocido en Monterrey y no pudieron acudir al concierto de febrero de 2006 en el estadio Tecnológico y aquí buscaban una especie de reivindicación. Otros, como Gonzalo, obtuvieron sus boletos en el aeropuerto de Guadalajara gracias a un vendedor fortuito-como hada madrina-justo antes de abordar el avión hacia el Distrito Federal. Su amigo Edgardo manejó desde la misma ciudad y llegó en el momento en que el concierto comenzó.

En el caso de quien escribe estas líneas arribó de manera tardía bajo una copiosa lluvia conversando con otros fanáticos que habíamos compartido la ruta desde el Metrobus de Insurgentes Sur hasta la delegación Tlalpan y de ahí tomamos un microbús que nos llevó hasta el estadio. Los revendedores nos acosaban, pero sus precios no resultaban tan excesivos debido a que ese mismo día 3 mil boletos habían sido liberados. Una mujer me ofrecía uno de cancha en 800 pesos, aunque posteriormente lo incrementó al doble. En cambio, las playeras costaban de 20 a 50 pesos más de lo que habitual. Muchos locatarios escondieron sus mercancías súbitamente al ver que se acercaban los operativos de la Policía Federal y por ende obtuve un descuento de forma imprevista:

Me acerqué a uno:

—Buenas tardes. ¿Qué cuesta esta playera?

—Se la dejo en 100, damita.

—¿La tiene en color negro?

—La vendedora apresurada y nerviosa buscaba en sus bolsas de plástico donde ya había guardado todo para echarse a correr.

—Aquí está.

—¿Pero la tiene en una talla más chica?

La mujer sudaba la gota gorda, saqué un billete de a doscientos, me devolvió rápido el cambio y escondió de nueva cuenta sus pertenencias.

—¡Estos operativos! —se quejó.

Cruzando la puerta principal se instaló un lujoso bar para el precopeo de la banda socialité. Al llegar a mi lugar conversé un rato con Manuel, quien me contó que en 2006 sobornó a los elementos de seguridad con 100 pesos para que le permitieran sentarse junto a su esposa y a su grupo de amigos, quienes compraron boletos en diferentes localidades.

Ver en esta ocasión en directo a U2 resultaba más sobrecogedor que en la gira Vértigo. Mientras bebía una botella de agua de 30 pesos escuché lo más destacado de su discografía; recordé las buenas tardes de la adolescencia escuchando “Even better than the real thing”, “I will follow”, “Beautiful Day”, “Mysterious ways”, “Until the end of the World” y “Hold me, thrill me, kiss me, kill me”, que sonaban con un audio deficiente en un estadio multitudinario. Algunos asistentes muy entusiastas, otros de lo más apáticos y hasta pousers.

Las letras de U2 ya no distan de la realidad mexicana actual. Hace unos cuantos años pensábamos que “quedaban muy lejos” los conflictos en Irlanda del Norte, la guerra de Bosnia Herzegovina o la represión en Birmania. Ahora escuchar temas como “Sunday Bloody Sunday” nos remiten a alguna ciudad cercana como Juárez, Reynosa, Morelia, Cuernavaca o Torreón, donde también hay domingos sangrientos… y lunes y martes y miércoles y jueves y viernes. “Seca las lagrimas de tus ojos/ es verdad que somos inmunes cuando los hechos son ficción y la televisión realidad”. O la imagen de “Miss Sarajevo”, que se asemeja al triunfo de Ximena Navarrete: “¿Es éste el momento para elegir el vestido adecuado? ¿Para peinado y lapiz labial? Cantaban a dueto con el fallecido Luciano Pavarotti.

Y ahí estaba de nueva cuenta Bono, cada vez más envejecido, igual de amado y odiado, predicando a su enorme séquito; el mismo que departe con las altas esferas de la política, el que lucha por combatir la pobreza y el hambre, el que come comida mexicana en restaurantes de caché, el que invita chicas a subir al escenario y el mismo que intenta hablar español con su público latino. Una vez más él y su banda dejarían su marca, como fuego inolvidable.

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